Con un mes de retraso y como prometí, voy a dedicar unas lineas a comentar mis impresiones sobre la ‘Declaración de Berlín’, texto con el que se ha querido conmemorar la celebración del 50 aniversario de la firma del ‘Tratado de Roma’, texto fundacional de la UE.
Antes de nada quisiera decir que vivimos en una época en la que cualquier evento, cualquier celebración, parece tener la necesidad de convertirse en algo único, grandioso, emotivo e histórico. Si uno lee artículos, notas de prensa o discursos de hace unos meses, daba la impresión de que la ‘Declaración de Berlín’, firmada por los jefes de estado de los 27 estados miembros, iba a ser una especie de arenga, de nuevo punto de partida del proyecto europeo. Que iba a suponer un antes y un despues.
He escuchado en algún programa de radio, que algún periódico europeo había considerado al texto de la ‘Declaración de Berlín’, más bien el ‘Prologo’ a la ‘Delaración de Berlín’. La declaración ha suscitado, cuando finalmente ha visto la luz, sino la indiferencia, al menos no muchas críticas, y el texto parece haber sido recibido con cierta frialdad.
Pasemos a su estudio. Para empezar, nos encontramos con un texto que no ha sido firmado, como en un principio se planteó, por los 27 Jefes de Estado de los Estados miembros, sino por los máximos responsables de las tres principales instituciones comunitarias, es decir, Angela Merkel, Presidenta de turno de la Unión Europea este semestre, José Manuel Durao Barroso, Presidente de la Comisión Europea, y Hans-Gert Pöttering, Presidente del Parlamento Europeo. Esto reduce su alcance, ya que parece que sólo compromete a quienes lo han firmado: a las instituciones de la Unión, que por así decirlo, son las menos interesadas en demostrar su comprmiso con la Unión, ya que son parte de ella. Si los Estados miembros hubieran respaldado el texto, su valor sería mayor.
Por otro lado es un texto de apenas dos folios, demasiado general y poco concreto. Reconoce los logros alcanzados en estos ciencuenta años de construcción europea, y apunta algunos objetivos de futuro. Y ya está. No sienta nigúna línea a seguir clara, ni marca caminos y plazos concretos. Y si un compromiso se quiere llevar a cabo, ha de ser claro y concreto.
El texto empieza reconociendo que ‘Durante siglos Europa ha sido una idea, una esperanza de paz y entendimiento’ y más adelante reconoce que ‘Los ciudadanos y ciudadanas de la UE, para fortuna nuestra, estamos unidos’; de esta manera, y utilizando el lema de este aniversario ‘Juntos desde 1957′, refuerza la idea de la importancia del trabajo conjunto de los Estados. De hecho, la palabra ‘juntos’, así como alguno de sus sinónimos (común, conjunto,…) es una de las más repetidas de la ‘Declaración’, como queriendo conjurar contra las habituales discrepancias que surgen en el día a día de la UE y que pueden paralizar desde importantes regulaciones hasta el Tratado constitucional.
A partir de aquí, comienzan las tres partes en las que se divide el texto. La primera, mira al pasado y al individuo, y expone que ‘el ser humano es el centro de todas las cosas’ y destaca haber conseguido la convivencia democrática entre los estados miembros y las instituciones europeas. Señala que ‘En la UE preservamos la identidad de los Estados miembros y la diversidad de sus tradiciones… Hay muchas metas que no podemos alcanzar solos, pero si juntos. Las tareas se reparten entre la UE, los Estado miembros, sus regiones y sus municipios’.
La segunda parte hace incapié en los desafios presentes, ‘desafios que no se detienen en las fronteras actuales…Sólo unidos podemos preservar en el futuro nuestro ideal europeo de sociedad, en beneficio de todos los ciudadanos y ciudadanas de la UE. Este modelo europeo, aúna el éxito económico y la responsabilidad social’. Más adelante añade que ‘La riqueza de Europa se basa en el conocimiento y las capacidades de sus gentes’, para pasar a enumerar algunos de los principales problemas actuales: terrorismo, delincuencia, inmigración,…
La tercera y última parte, mira al futuro, e incide de nuevo en que ‘La UE se nutrirá también en el futuro de su apertura y de la voluntad de sus estados miembros de consolidar, juntos y acompasadamente, el desarrollo interno de la UE’. ‘Nuestra historia nos reclama que preservemos esta ventura para las generaciones venideras. Para ello debemos seguir adaptando la estructura política de europa a la evolución de los tiempos. Henos aquí, por tanto, cincuenta años despues de la firma de los tratados de Roma, unidos en el empeño de dotar a la UE de fundamentos comunes renovados de aquí a las elecciones al Parlamento Europeo de 2009′. ‘Porque sabemos que Europa es nuestro futuro común’. Esta es, quizá, la parte más importante del texto, aquella que busca mover, tanto a las instituciones como a los Estados, a ser conscientes del trabajo realizado hasta ahora y a trabajar por adaptar la Unión Europea a las necesidades del futuro.
Como muchas otras cosas en la UE quizá esta declaración ha pecado más de voluntarísmo que de contenido. Como ocurre con otros textos, se me ocurre el ‘Pacto europeo de la juventud’, su escaso valor programático, se ve sustituido por cierto caracter voluntarísta: al menos no se podrá decir que nunca lo plantearon; al aparecer sobre papel, los contenidos de la ‘Declaración’ han adquirido un cierto sentido de compromiso (de mínimos, pero compromiso – y visto el resultado de textos más ambiciosos como la ‘Estrategia de Lisboa’, más vale que sea de mínimos – ). Habrá que esperar a 2057 para comprobar el valor que el devenir de los acontecimientos ha dado a este texto.